jueves, 8 de enero de 2009

Luna llena

Enecco se despertó desorientado. Se incorporó del montón de paja donde estaba tumbado y hecho un vistazo a su alrededor. A través de la puerta semiabierta, entraba el resplandor de la luna llena. A su lado, un cuerpo de mujer se removió inquieto. Jimena.
Estaban en una de las bordas de los altos de Mortxe. Dios! la cabeza le dolía.
Habían subido al batzarre y después de una tensa reunión, uno de los ancianos preparó un brebaje que bebieron pasandolo de mano en mano. Lo que contenía el brebaje, era un secreto que se transmite de padres a hijos, pero lo que es seguro, es que sirve para que las discusiones pasen a un segundo plano, las rencillas se olviden y crezca un sentimiento de clan entre todos los asistentes.
Una vez dado por finalizado el batzarre, cada uno fue volviendo a sus casas en grupos, solos, por diferentes caminos, cada uno sumido en sus pensamientos, analizando lo hablado. Casí sin proponerselo, Enecco y Jimena se quedaron los últimos. Iban bajando andando, sin hablar, el agarrando las riendas del caballo y ella, a su lado, con la cabeza baja. De repente, un relampago iluminó la cuenca, y un enorme trueno retumbó en las montañas. Al instante, un inmenso chaparrón de agua empezó a caer sobre ellos. Corrieron a refugiarse a una de las bordas cercanas. Una vez protegidos por el tejado, se quedarón uno al lado del otro, mirando por la puerta como una cortina de agua no dejaba ver a un palmo de distancia. Se dieron cuenta, de pronto, de que estaban algo nerviosos. Y eso... les tranquilizó a ambos.
El efecto del brebaje iba haciendo que poco a poco los dos perdiesen su timidez, la ropa mojada y la cercanía de sus cuerpos hacía que notasen una atracción que les impulsaba a abrazarse.
Y lo hicieron. Y sus bocas se encontraron. Jimena retrocedió hasta apoyarse en una de las paredes de la borda, sin separar su lengua de la de Enecco. Su deseo se iba desatando momento a momento. Notaba como él deslizaba sus manos una y otra vez por su cuerpo, como le levantaba los brazos mientras le besaba el cuello y le mordía suavemente los lóbulos de las orejas. Casi sin darse cuenta, acabaron tumbados en uno de los montones de paja preparados en el interior de la borda.
Las manos de Enecco subian por su pecho esquivando deliberadamente esos montes orgullosos coronados por la insolencia de sus turgentes pezones. Pasó infinidad de veces, rodeandolos, sin tocarlos, bajando hasta sus caderas, recorriendo los límites de su vientre, sugiriendo el perfil del su pubis. Rozaba apenas todo su cuerpo con sus dedos. El aliento de Jimena se entrecortaba entre suspiros. Sus dedos pasaban una y otra vez, rodeando sus bordes, mientras se perdía en sus valles y ascendía por sus colinas, deleitandose viendo como elevaba sus caderas, y sintiendo como Jimena deseaba que le quitase toda la ropa. En un momento estaban los dos desnudos. Ya no había obstaculos entre su piel y la de ella.
Intentó cubrir de besos todo su cuerpo, pero Jimena no le dejó tiempo, pedía más, mucho más. Centró sus labios en el ombligo, se deplazó hacia arriba, rodeó sus pechos, iniciando una espiral de diminutos besos en cada uno, que terminó inevitablemente en sus pezones. Y los saboreó. Una y otra vez, humedeciendolos, chupandolos, haciendolos desaparecer en su boca. Enecco no podía mas y Jimena tampoco. Tanto tiempo pensando el uno en el otro hacía que este momento no hubiese pensamientos para nadie mas, ni tiempo de analizar remordimientos. La virilidad de él, se abrió paso, invadiendo los jugosos labios, se hundió suave pero con decisión entre sus pliegues, sorprendiendola, penetrando hasta el fondo, de una sola vez. Era la escalada final. Enecco se movía con energía, sin pausa, y podía sentir como ella vibraba, como se descontrolaba cada nervio, cada músculo, cada célula de su cuerpo. Sus sentidos explotaban, desbordados por las inéditas sensaciones del amor prohibido... Era demasiado para Enecco, bastaron unos segundos para que el también explotara y cayera derrumbado sobre su pecho.
Quedaron así, unos momentos, sin hablar. Mas que dichosos, se sentían unos privilegiados por estar allí. Apenas dos extraños, esa noche se habían permitido poseerse mutuamente. Como si el tiempo, complice, se hubiera detenido para regalarles un precioso instante. Aunque fuera sólo por este aqui y ahora, ese momento les pertenecía...
Todo esto había pasado solo un rato antes, luego debieron quedarse dormidos, atontados por la placided y el efecto final del brebaje. Debían bajar rapidamente o serían descubiertos. A él no le importaba demasiado, pero ella... iba a tener muchisimos problemas si alguien se daba cuenta de que no habían bajado con los demas al terminar el batzarre. Iba a despertar a Jimena, cuando de repente, el caballo de Enecco, atado en la puerta de la borda, emitió un breve relincho. Alguién se acercaba. O algo...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que cochinos!!!!
Pero.. a donde ha ido esta gente a celebrar el batzarre????

Casa Musurbil dijo...

¡Aúpa Enecco!

Ha ganado la primera etapa en el sprint final, pero ya veremos el resultado de la carrera... ;-)

ontzgorria dijo...

Así me gusta, sexo sin palabras! Para que decir nada cuando el objetivo está claro... METERLA! Pero que vicio tenéis en la mente en ese pueblo!